Dolía cada golpe, las manos comenzaban a sangrarme, pero no podría
parar. No podía dejar de pegarme. Era un sueño extraño, una pelea
conmigo misma. Estaba en frente mía, con esa cara de tonta, con esos
gestos de niña. No podía aguantar mirarme, ahí, como si nada pasará. Era
una pelea entre mi yo sentimental y mi yo pensativa. Tan diferentes,
tan ilusas.
Nunca nos pondríamos de acuerdo, ni en mil años.
Aunque suene extraño, una misma no puede tener siempre la misma opinión
sobre algo. Ella me gritaba, no le gustaban los golpes, en cambio yo era
más bestia, más furiosa conmigo misma me golpeaba hasta crear sangre en
mis puños. Eramos todo lo contrario, y aun con todo, eramos la misma
persona.
No hay comentarios:
Publicar un comentario