martes, 6 de noviembre de 2012

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La palabra amistad no es más que un conjunto de momentos vividos en un mundo paralelo al nuestro.

Te entiendo.

Odias el ruido, pero el silencio es inconcedible en esa pequeña cabeza llena de preguntas. Eres autentico, no te dejas cambiar. Y tu locura incontrolada lleva a darse cuenta de tu enorme seriedad. No sé, eres extraño, como un viento que te resfría en verano y te hace sentir extraña cuando llega el invierno y ya comienzo a notar tu desaparición. Te gusta que te atiendan, pero que no se metan en tus conversaciones, y eres complicado, como el que más.

TIK TAK

Y así era cada día. La soledad de aquella celda cristalizada me daba ansiedad, pero no tenía otra cosa que hacer que esperar a que mi muerte llegase. Algunas veces ya la había creído notar, pero de pronto volvía a revivir, y no me dejaban descansar. Había dos hombres en mi celda. El primero era alto, muy delgado, pasaba por mi cada minuto y en cambio el otro también alto pero más regordito, cada hora. Lo hacian para controlar mis moviemientos. Tenía que dar 24 pasos al día, sin descanso, 720 al mes y 8760 al año, no podía dar más, pero tampoco menos. Era una cruel manía del destino. ¿Porqué yo? ¿Porqué me metieron en esta horrible carcel de cristal? Miraba el mundo, el exterior. Más allá de este circulo, esta esperial de movimientos sin sentido llamado tiempo. Tik, tak.

Aquel día.

Caminaba con la sensillez de mis pensamientos. Mi mente se encontraba en blanco, solo contaba con alguna que otra fotografía suya o su sonrisa de vez en cuando colándose por mi cabeza.
No entendía la preocupación de las personas por el cambio climático, supongo que nunca habitaron en otro planeta, en ese mundo al que el me llevaba a cada beso, a cada pestañeo. Y allí estaba, esperándome. Como de costumbre yo llegaba tarde, bastante tarde. Pero el sonrió al verme, como si el tiempo no importase, como si solo fuesemos nosotros dos y el espacio hubiera desaparecido. Me acerqué y me rodeó con sus brazos y besó mis sueños, los acarició y volvió a recordarme que el amor es tan simple como nosotros queramos.
Era una tarde clara, el cielo estaba limpio de nubes, y el sol se encontraba lo suficiente friolero como para que el día estuviera a la temperatura adecuada, aunque por alguna extraña razón cada vez que su voz retumbaba en mi piel mi temperatura corporal aumentaba. Y su miraba no dejaba escapar ni un solo beso o "te quiero" de mis labios. Me sentía protegida, en mi hogar. De pronto me abrazó y sin más noté mis pies elevándose, mi cuerpo volaba entre sus caricias. Y cual princesa me balanceó entre nubes de colores, me sujetó con fuerza y a la vez con cuidado, fue el mejor día de mi vida.

Y mientras tu atraes a los relámpagos

Me desperté con la cama vacía, recogí mis cosas y metí mis imprescindibles en la maleta; Unas bolsitas de té, un libro de frases y unas mudas limpias para unos cuantos días, tal vez para más de los que planeaba.
Miré la habitación pòr última vez antes de salir, el debía estar duchandose, el grifo no paraba de sonar, sonreí. y salí de aquel pequeñopiso en el que había convivido con el los últimos siete años. No miré atrás, no me despedí, no dejé una nota. No le volví a ver.

Haz que me rompa en pedazos con el pulso de tus abrazos.

Me senté frente a el, en un banco del parque. Le miré seriamente, enfadada. Hacía meses que no me llamaba, días y días de llantos sobre mi almohada. Estaba enfadada, indignada. No soportaba más la idea de que el se hubiera olvidado de mi, o aun peor, que yo lo hubiera hecho. Nuestras miradas eran tan silenciosas y vacías que comencé a pensar que era cierto, que ya no nos quedaba nada. Comencé a notar caer una lágrima salada rellena con el sufrimiento de su muerte por mi megilla, la limpié y cuando abrí los ojos, el ya no estaba. Volví a recordar aquella tarde de Noviembre en la que sonó el teléfono y me dijeron que había tenido un accidente. Me estaba destruyendo a mi misma, y su apoyo había desaparecio.

Voy a romper la ventana que nos separa

Dolía cada golpe, las manos comenzaban a sangrarme, pero no podría parar. No podía dejar de pegarme. Era un sueño extraño, una pelea conmigo misma. Estaba en frente mía, con esa cara de tonta, con esos gestos de niña. No podía aguantar mirarme, ahí, como si nada pasará. Era una pelea entre mi yo sentimental y mi yo pensativa. Tan diferentes, tan ilusas.
Nunca nos pondríamos de acuerdo, ni en mil años. Aunque suene extraño, una misma no puede tener siempre la misma opinión sobre algo. Ella me gritaba, no le gustaban los golpes, en cambio yo era más bestia, más furiosa conmigo misma me golpeaba hasta crear sangre en mis puños. Eramos todo lo contrario, y aun con todo, eramos la misma persona.